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La Única Enseñanza

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PRIMERO, trata a tu Alma en tu interior como quieras que Dios te trate a ti dentro de Sí Mismo, cuidándola como a un niño en el regazo de su madre, confortándola con lo que la alegra, alimentándola con lo que le es beneficioso y apartándola hasta de la apariencia del mal. ENTONCES podrás tratar a los hombres que Dios pone en tu camino como quieras que Dios te trate a ti incluso cuando tú también te descuidas y te alejas de Él, con independencia de cómo ellos te traten a ti y a Dios dentro y fuera de sí mismos. Porque en Él vivimos, nos movemos y existimos, y tu Alma, que es fracción indivisible de Dios, crece o mengua en ti según sea confortada y alimentada o perturbada y desnutrida, como origen de la Realidad que nos envuelve a cada uno de nosotros dentro de la Única Gran Unidad en la que conviven el Espíritu Santo e Inmutable de lo eternamente eterno y el siempre mutable de lo eternamente perecedero. Y, aunque Dios hace salir el sol y la lluvia derramando Sus Bendiciones sobre todos ...

(y V) Los Signos de los Tiempos

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  (Capítulo completo en pdf descargable gratuitamente pinchando en este enlace: “Los Signos de los Tiempos” ) V En el mundo del Ser humano coexisten, como medio necesario para el ejercicio de la facultad del libre albedrío, el Espíritu de lo Eterno y el Espíritu de lo Perecedero (dualidad). Al Espíritu de lo Eterno pertenece exclusivamente la Naturaleza Divina. Y al Espíritu de lo Perecedero pertenecen todas las cosas de la Creación, ya sean de naturaleza animal, vegetal o mineral. El hombre viene al mundo en su condición perecedera, que, en el Ser humano es animal. Pero tiene la facultad de poder trascender esa condición y alcanzar la Naturaleza Divina (Lc 11:13) por participación, como Hijo de Dios (Ef 1:3-14). Primero viene lo terrestre y, luego, si ése es el ejercicio de la facultad del libre albedrío, lo celeste (1Cor 15). Mientras es terrestre, el hombre no comprende nada de lo celeste, aunque puede sentir una atracción irresistible por conocerlo, comprenderlo y alcanzarlo...

4.1. El Espíritu de Dios o Pureza de la Sabiduría

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     Señor de misericordia, que con tu palabra hiciste el Universo y con tu Sabiduría formaste al hombre para que dominase en las criaturas salidas de tus manos, para que gobernase el mundo con santidad y justicia. ¿Quién conocería tu designio si Tú no le dieras la Sabiduría y tu Santo Espíritu desde los cielos enviaras? Así se han enderezado las sendas de los que viven en la Tierra; los hombres que han aprendido qué es lo que te agrada y por la Sabiduría se han salvado [1] .    Yo, la Sabiduría, con la prudencia habito y poseo la ciencia de la sensatez. Dios me creó como primicias de Sus caminos, antes de Sus obras desde siempre. Fundada fui desde la eternidad, desde el principio, antes de los orígenes de la tierra, cuando aún no existían los océanos fui engendrada. Cuando echó los cimientos de la tierra a su lado estaba yo, como arquitecto, y era día a día Sus delicias, recreándome sin cesar en Su presencia, recreándome en Su orbe terrestre y teniendo mis de...

4 (y III) Sabiduría de Dios para el Hombre y Krística de una Razón Pura

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      III. Krística de una Razón Pura : de ese haber querido conocer a Dios en nuestro interior y la Verdad en lo íntimo del Ser emana la Vida Krística de una Razón Pura que discurre en el entendimiento de que el transcurso de la existencia del hombre en el mundo no está destinado a ver satisfecha su voluntad particular en el Reino de los Medios, sino a su formación, perfeccionamiento espiritual y dignificación para el Reino de los Fines. El mundo empieza a quedarse sin atractivos materiales que ofrecer al Hombre que renace a esta nueva Vida (Mt 4:1-11) y se comprende como lo que verdaderamente es: “el gimnasio del alma”, medio o necesariedad para la formación de lo necesario en el Reino de los Fines, que es la pureza espiritual del alma que ha de formar una sola cosa (Jn 17) en la región de la Gracia de la que procede la belleza del orden de todo lo eternamente eterno y lo eternamente efímero, y sin la cual sólo existiría caos.    El atleta sabe que necesita ...